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| "Gloriosas ruinas" del Monasterio de San Pedro de Arlanza en Burgos, conocido como la "Cuna de Castilla". |
En el aniversario del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer, (17 de febrero de 1836), no puedo evitar trasladarme a sus leyendas y poemas, pero sobre todo a esas narraciones fantásticas y misteriosas, que desde muy niña me hacían soñar con espíritus vagando por oscuros y siniestros bosques, con amores imposibles y con fantasmas que vagaban entre ruinas, penando y acechando las almas de los vivos.
Cuando me encuentro frente a una escultura no puedo evitar dirigir mi mirada en primer lugar a sus párpados pétreos, siempre con inquietud, a la espera de que esa figura inmóvil que se yergue frente a mí, abra de repente los ojos, y cobre vida; esa vida que palpita en silencio, oculta bajo su pétrea y fría piel y que tal vez, como cuenta la leyenda, está ansiosa por recuperar.
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| Sepulcro renacentista de don Gutiérrez de Monroy en la catedral vieja de Salamanca |
Para mí Bécquer es leyenda, es Castilla, profunda y ensoñadora, y envolviendo todo ello, más allá de sus poemas y de su eterno romanticismo, Bécquer es el más puro ejemplo del sentimiento roto y quebrado que encuentra su reflejo más auténtico en las ruinas de una iglesia derruida, de un monasterio abandonado, como el de San Pedro de Arlanza, en Burgos.
| En primer término restos del Monasterio construido en 1080, al fondo el monasterio inicial de origen legendario, del siglo X. |
Monasterios, castillos, palacios, iglesias, todos ellos despojos de un ayer olvidado, abandonados a su suerte y quebrados por la desidia de aquellos que un día exaltaron su poder y su belleza.
Lugares que antaño fueron centro de poder y cultura, de arte y sabiduría y que un buen día fueron abandonados a su suerte, expoliados y sacrificados como triste reflejo de amores desdichados e historias olvidadas.
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| Crujía norte del claustro renacentista con restos de los aros pétreos que sustentaban bóvedas de crucería |
Sillares espléndidamente tallados, capiteles exquisitos, bóvedas majestuosas, siglos de vida, de cultura y de belleza vencidos por el olvido y por la naturaleza que, eterna y siempre invicta, devuelve la tierra a su ser y destruye todo aquello que el hombre ha creado para absorberlo de nuevo entre sus ramas y follajes, tiñendo de verde el ocre de sus piedras vencidas y desgastadas.
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| Uno de los claustros en el que un enorme pino hace las veces de protectora bóveda natural |
Una obra de arte medieval, tan insigne como San Pedro de Arlanza, primer panteón de Castilla, origen de un señorío, de un condado, de un reino y por supuesto de un país y de un imperio, permanece milagrosamente aún en pie simbolizando la desidia de esta tierra en la que vivimos, tantas veces desagradecida con los que entregaron su vida por ella.
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| Restos de la única torre que queda en pie, del siglo XII y que aún conserva el escudo de Castilla |
Y aún así, a pesar de tantos avatares desgraciados, el Monasterio de San Pedro de Arlanza, ejemplo de esplendor y decadencia, sigue alzándose majestuoso, negándose a desaparecer y mostrando impúdicamente sus heridas descarnadas para que todo aquel que quiera, como Gustavo Adolfo Bécquer, pueda acercarse a sus muros desnudos y expoliados, y sentir, o al menos recordar, el esplendor de antaño y ¿por qué no? descubrir y mantener la huella indeleble que dejó en nuestra historia.







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